Oh Incorrupta

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OH INCORRUPTA y eternamente bendita, singular e incomparable Virgen María, Madre de Dios, templo gratísimo de Dios, santuario del Espíritu Santo, puerta del reino de los cielos, por quien, después de Dios, vive todo el mundo. Inclina, Madre de misericordia, los oídos de tu piedad a mis indignas súplicas, y sé para mí, misérrimo pecador, piadosa y propicia auxiliadora en todas las cosas.

Oh bienaventurado Juan, familiar y amigo de Cristo, que por el mismo Nuestro Señor Jesucristo fuiste elegido virgen y, entre los demás, el más amado, e instruido en los misterios celestiales por encima de todos; pues te convertiste en un muy ilustre Apóstol y Evangelista: también a ti te invoco, junto con María, Madre del mismo Nuestro Señor Jesucristo Salvador, para que te dignes concederme tu auxilio al lado del de ella.

Oh dos gemas celestiales, María y Juan. Oh dos luminarias que divinamente brillan ante Dios, ahuyentad con vuestros rayos las nubes de mis pecados.

Porque vosotros sois aquellos dos en quienes Dios Padre, por medio de su Hijo, edificó especialmente para sí una morada, y en los cuales el mismo Hijo unigénito de Dios, por el mérito de vuestra purísima virginidad, confirmó el privilegio de su amor mientras pendía en la cruz, diciendo así a uno de vosotros: "Mujer, he ahí a tu hijo"; y luego al otro: "He ahí a tu madre."

En la dulzura, pues, de este tan sagrado amor, por el cual entonces, por la boca del Señor, fuisteis unidos el uno al otro como madre e hijo, a vosotros dos yo, misérrimo pecador, encomiendo hoy mi cuerpo y mi alma: para que, en todas las horas y momentos, interna y externamente, os dignéis ser mis firmes guardianes y piadosos intercesores ante Dios.

Porque creo firmemente y sin vacilación confieso que vuestra voluntad es la voluntad de Dios, y vuestro no querer es el no querer de Dios; por lo cual, todo lo que Le pedís, sin demora lo podéis obtener. Por esta eficacia tan poderosa de vuestra dignidad, pedid, os ruego, para mí, pecador, la salvación del cuerpo y del alma.

Actuad, os ruego, actuad con vuestras sagradas oraciones, para que el Espíritu Vivificante, óptimo dispensador de las gracias, se digne visitar y habitar mi corazón, y Él me purifique de todas las inmundicias de los vicios, me ilumine y adorne con las sagradas virtudes: me haga permanecer y perseverar perfectamente en el amor a Dios y a mi prójimo; y, tras el curso de esta vida, me conduzca el mui benigno Paráclito a los gozos de sus elegidos. Él que, coeterno y consustancial con Dios Padre y el Hijo, con Ellos y en Ellos vive y reina, Dios Omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén.

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